miércoles, 6 de junio de 2012

Política y libertad

Creo que una de las características principales de la filosofía moderna, tal como la entendemos, es la de iluminar los espacios del pensamiento que están escondidos por la intuición. Más que encontrar los principios de todo lo concerniente al humano en cuanto tal, la filosofía encuentra las tensiones que hay entre los conceptos que usamos. Estas tensiones generan una relación binaria y continua entre dos polos y, por tanto, el terrible efecto de una imposible conciliación entre las partes. Me explico: hay una clara tensión entre el interés individual y el interés colectivo, entre el escepticismo y las convicciones férreas, y entre la política y la libertad. Al elegir uno de los dos extremos, irremediablemente se está renunciando al otro. Pero es claro que estos polos no son antónimos –como lo serían una clara distinción entre el bien y el mal–, ni se pueden medir en términos utilitarios; más bien se trata de decisiones tomadas en contextos contingentes y locales que impiden la resolución de cualquier verdad. 

Todo esto conforma la manera en la que entendemos la vida pública en las sociedades modernas: nuestra historia se remite únicamente a un péndulo que oscila en polos ya muy bien delimitados y predecibles. Las elecciones dentro de una democracia son el mejor ejemplo de esto: en ellas se elige entre Izquierda y Derecha y sus un tanto absurdos derivados: Centro-Izquierda, Centro-Derecha, etc. Las decisiones tomadas en una democracia liberal no son sino decisiones poco comprometedoras, que únicamente atienden a la medianía de un horizonte temporal finito (los periodos de elecciones). El mensaje es claro: los excesos son el mayor peligro para el liberalismo, la medianía es la verdad más cercana y certera que tenemos; y, más importante aún, hay que renunciar a cualquier idea totalizante. 

En efecto, me parece que las tensiones (estos trade-offs que tenemos) son el principio mismo del pensamiento moderno. Lo que caracteriza a los modernos es el despertar de una conciencia que se revela en interacción con la realidad, una especie de empirismo que no habla ya de pensamientos que intentan negar la realidad a través de un orden etéreo y teleológico sino que intentan explicarla a través de sí misma. El pensamiento moderno, profundamente liberal, es tan terrenal que carece de sentido, pedirle que tenga un espíritu es tan difícil como pedirle a un cojo que baile. 

Si es que se pudiera hablar de un espíritu liberal éste se expresaría en la medida en la que tiene un enemigo a vencer, llámese Antiguo Régimen o tradición. Pero conforme el liberalismo se convierte en tradición en sí mismo, los problemas no se desvanecen sino se explicitan. En pocas palabras, el liberalismo denota las mismas limitaciones humanas, las hace explícitas, pero no procura enmendarlas. Más bien juega con su capacidad de transformación, muta como quien cambia de moda en distintas temporadas, siempre teniendo la certeza de que habrá un mañana. 

¿Qué necesidad hay de tener verdades cuando sabemos que el mundo siempre estará ahí? Esos asuntos se pueden dejar para después. El liberalismo se formuló únicamente con la intención de hacer este mundo habitable, rezagando la búsqueda de la verdad o delegándola a un ámbito meramente individual. La verdad se vuelve algo que en sí mismo se nulifica: no puede superar al individuo, necesariamente se remite al ámbito subjetivo. Los grandes proyectos se esterilizan ante el escepticismo, un proyecto que unifique a una gran masa de voces necesariamente es un proyecto que carece de las propiedades más primarias de la lógica. Por eso es que tal vez el despertar de la conciencia liberal trajo consigo desastres imprevistos para la sociedad: la despolitización de ésta. 

El proyecto de la Ilustración tuvo como uno de sus objetivos centrales el establecimiento de una sociedad fundada en la razón, dejando todo lo que no fuera ésta alejada del espacio público. Nada más racional que el individuo que se conoce a sí mismo, nada más racional que las personas que actúan conforme a su interés. Al final, la principal traba a la acción recayó en el reconocimiento del otro; que el otro es su igual, y en esencia tiene las mismas capacidades que uno. Pero la sociedad no es más que la suma de unos y otros, no existe un nosotros en cuanto al hacer sino únicamente en cuanto al ser. En el otro no se reconoce la posibilidad de actuar sino el límite de la acción. La acción conjunta es la gran excepción a la regla, la que desdibuja la supuesta tensión perpetua que hay entre el individuo y la sociedad. 

La política de hoy no es el común denominador, únicamente es el espacio donde acontece el pequeño pulsar de lo irracional. Y lo irracional es donde queda vida dentro de todo el aparato institucional, donde las cosas todavía no están predichas. Los bordes de la acción son claramente delimitados por lo racional, lo irracional es lo que mueve el péndulo de la historia dentro de manifestaciones contingentes y esporádicas pero que nunca superan los límites impuestos por el pensamiento racional. La irracionalidad es la política latente que se manifiesta como un ligero pulsar y que da la impresión de que hay democracia y deliberación. Pero el gran victorioso de la historia no es aquél que ganó unas cuantas batallas sino el que ganó la guerra, y viendo el cuadro completo no es otro sino el liberalismo. 

Al final me parece que la única salida ante este panorama desolador yace en la esperanza de estar atorados no en el lodazal del fin de la historia, sino en una pequeña contingencia que nos impide ver el amplio horizonte que nos espera al llegar. Las tensiones conceptuales no son tensiones eternas sino subproductos de la modernidad (o eso esperamos), superarlas necesariamente requiere de la superación de la modernidad. Resulta curioso ver que no existe receta alguna para curar nuestro mal, por lo menos no en la manera en la cual pensamos la realidad. Habrá que estar dispuestos a aceptar un poco de lo impredecible y lo irracional como parte del ser humano para que tal reivindicación se lleve a cabo, y, para que al final, encontremos que en la política yace la libertad.

domingo, 20 de mayo de 2012

Posibilidades mexicanas

Por Sandra Barba (@sandra_barba)
Prefiero la tierra vestida de civil
Wislawa Szymborska



Prefiero Internet.
Prefiero 140 caracteres
que 140 cráteres de silencio.
Prefiero salir a las marchas
que marchar hacia las salidas.
Prefiero la ridícula juventud
a la seriedad de los jóvenes viejos
que no marchan y son cráteres
y son characters.
Prefiero marchar contra ellos.
Prefiero ser más uno
que menos sesenta mil muertos
sesenta mil cráteres de silencio.                                                                                      
Prefiero el apartidismo que no parte ni aparta.
Prefiero los tuits y las universidades
a las noticias universales.
Prefiero el objetivo de 132
que la objetividad de mil periodistas.
Prefiero un mundo de redes sociales
que mudos enredados en nudos.
Prefiero sumarme a la marcha
que sumarme a otras cifras.
Prefiero ser más uno que uno más.
Prefiero la marcha a la misa de muertos.
Porque siempre prefiero
marchar que marcharme,
prefiero Internet y su intento.

viernes, 18 de mayo de 2012

A los medios


Estudiantes universitarios de distintas carreras y universidades decidimos reunirnos aquí, en un mismo lugar, para hacer una declaración pública:
“A nuestra democracia todavía le falta mucho para ser democrática; la libertad de expresión, eje fundamental de toda sociedad libre, no existe en este país. En su lugar tenemos medios de comunicación con agendas e intereses ajenas al interés de la sociedad.”
Nuestra protesta es una expresión libre y democrática que quiere acabar con este sesgo informativo que nos ha resultado tan costoso. Estamos convencidos de que la funcionalidad de la democracia recae en el encuentro de ciudadanía y la libertad de expresión. Buscamos oxigenar con nuevas propuestas en el espacio de deliberación.
Para eso es necesaria la apertura de los medios de comunicación, que estos informen en espacios de plena competencia. Que la radio no sea censurada; que la televisión no vele por sus intereses; que los periódicos sean objetivos con lo que reportan; que se reconozca al internet como herramienta de cambio social.
Por eso nos juntamos hoy, estudiantes de variadas universidades y con visiones distintas pero con una inquietud común. Lo sucedido en la Universidad Iberoamericana el pasado 11 de mayo sirve como chispa de un movimiento que pretende tener una profundidad sin precedentes. Seamos el cambio que México necesita, ¡Yo Soy 132!

jueves, 19 de abril de 2012

Política sin política


El liberalismo es la política del pensamiento suave, la deliberación y el diálogo que se dan en el ambiente civilizado. La atomización del poder, el paradigma liberal por excelencia, se volvió tanto un canon que terminó esterilizando a la política. De hecho, para algunos autores, el liberalismo no es política sino su postura antitética. Ese el caso de Carl Schmitt, que encontraba en esta tradición un cáncer discursivo ya bastante desperdigado por todo el mundo modernizado: el paradigma de la tolerancia. Lo que él veía en ese entonces no era política sino escenarios en los cuales la discusión y la negociación suplieron –y hasta hoy suplen – el estado de verdadera deliberación que propone la naturaleza de la política.
Si bien la política es un concepto difícil de definir, su naturaleza yace en un eje de conflicto: la perenne dicotomía entre amigo y enemigo. Detrás de toda discusión se encuentra la posibilidad de guerra y la necesidad de dominación, la política en sí requiere de una imposición entre los grupos, de los que son amigos entre sí contra los que son sus enemigos.
Es por eso que en el liberalismo reside un panorama desolador. A los ojos de Schmitt lo que se hace en las sociedades modernas, particularmente en los parlamentos como depositarios de la soberanía nacional, no es política sino una caricaturización de ésta. En los espacios de deliberación no se encuentra la capacidad de tomar decisiones sino de discutir con escepticismo las posturas sobre los problemas, posturas que pueden cambiar en caso de que el legislador lo requiera. La posibilidad de encontrar una verdad está vedada por los mismos esquemas deliberativos: la discusión es infinita, la negociación es meramente una transacción, y la política es inofensiva.
Creo que lo que se halla detrás del discurso de Schmitt es una señal de advertencia. Detrás de la política tal como él la ve no se encuentra únicamente la voluntad de poder de un grupo (entendida en un sentido nietzscheano), también se encuentra la necesidad ontológica de darle sentido a nuestra existencia. La posibilidad de guerra en una discusión, en una democracia, es un principio que le otorga al ser humano la capacidad de auto realizarse. Esa emergencia es la que el liberalismo intenta soslayar y dejar en la medianía. A los ojos de Schmitt, la consecuencia es que tenemos un Estado donde se diluyen las diferencias sin capacidad alguna de tener grandes proyectos unificadores. Es la política del pensamiento suave, la política que no se toma en serio, la política sin política.

jueves, 8 de marzo de 2012

La razón del siglo XX

<<Les dejo una mini-reflexión, producto de una lectura incompleta de un libro de Finkielkraut para una clase de filosfía. Espero que puedan comentar algo.>>

El siglo XX heredó las remanencias de una epistemología en desencanto, esa que llegó como consecuencia de la modernidad ya tardía en el continente europeo, y que tantos benefactores le había proveído. El siglo XX inauguró la posibilidad de vivir en un mundo deseable sin la presencia de Dios, pero no le tomó muchos años derrumbar esa esperanza. Con el inicio de la Primera Guerra Mundial en 1914 y las enormes catástrofes que ocasionó, se volvió evidente que los recursos que provee la razón no son suficientes para formar un mundo justo. Todo lo contrario, el nuevo enemigo de la justicia se encuentra del lado más perverso de la razón. Ésta se degradó de manera brutal, tanto que se impregnó del mismo dogmatismo que tanto le criticaba a la tradición y se volvió en no más que un instrumento. Acorazándose en sí misma, en su nombre se justificaron múltiples atrocidades.
“Locura tanto más loca y tanto más enloquecedora cuanto que, de ningún modo, es ajena al mundo de la razón” escribe Finkielkraut. No bastó con separar  lo racional de lo irracional, la modernidad hizo una última separación que delegó la moral a un sustrato sin valor alguno. La racionalidad instrumental llevó al hombre a creer que cualquier cosa era válida, que una verdad es impuesta por la fuerza, y que la realidad es transmutable por medio de la voluntad. No sorprende entonces, la cantidad de golpes de estado, de totalitarismos y de represión que hubo en el siglo XX. Ya no se trataba de aceptar de manera pragmática la posible no existencia de un Dios o de una naturaleza humana, se trataba de transformar ésta última a goce y ventaja de quien la pudiera transformar.
Y entonces es eso, es el vacío de la moral que se halla todavía en la época contemporánea por la inexistencia de Dios, o una naturaleza. Ahora es el hombre el que manipula la naturaleza y le da sentido a su misma existencia. Nada más perverso, la humanidad es un caparazón vacío que puede ser llenado con cualquier tipo de sustancia. Resulta curioso ver que la etapa de mayor bienestar e ilustración conocida hasta ahora – el progreso sigue vigente, hasta cierto punto – está constantemente amenazada por la posibilidad de un demagogo, un perverso, que puede amenazar con el ideal un tanto iluso de la democracia y el pluralismo. Es la sociedad que constantemente tiene que luchar contra el poder acumulado, pero que, sin querer, se ha vuelto tierra fértil de su propia enfermedad.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Máscaras

La coyuntura da mucho qué hablar, la política en estos días se ha hecho muy vistosa, y podemos darle gracias a las redes sociales por esto. Algo que está presente en la mente de todos es que el próximo año será definitorio para nuestros futuros proyectos: una vez más se disputará el puesto del monarca sexenal, supuesto actor hegemónico en la política nacional. Ya dos partidos -de los importantes- tienen sus candidatos, falta que la derecha imponga el suyo. Pero para esto falta mucho, la fecha de las elecciones internas del PAN, si no me equivoco, ronda por febrero del próximo año. ¿Por qué tan lejana? eso habría que preguntarle a los dirigentes, pero todo apunta a que éstos buscan darle el suficiente tiempo a Ernesto Cordero para tomar la delantera en una contienda que, de ser hoy, perdería con toda certidumbre.
El asunto se pone tremendamente interesante porque los dos candidatos más fuertes, los que parecen tener más apoyo por parte de las facciones internas del partido, gozan del favor de Calderón. Por un lado está Josefina, la economista con pinta de "mujer de familia" que ya desde hace mucho se veía como posible candidata a la silla presidencial. Por el otro lado se encuentra Cordero, el tecnócrata que quiere - pero que hasta ahora no ha logrado - ser político. La batalla la ha ganado de manera constante la primera candidata, no sólo por ser una mujer carismática sino porque ya lleva bastantes años formulando su propia candidatura al interior del partido.
Hay algo que me llama mucho la atención: Josefina no parece tener intención de romper con el lastre que para muchos ha significado el calderonismo en el PAN, incluso cuando ella no emanó de éste. Todo lo contrario: en muchos sentidos alaba y reconoce el trabajo de Calderón -incluyendo su ya muy controversial lucha contra el crimen organizado. Lo cierto es que la facción calderonista lleva mucho tiempo arrinconando a los integrantes de su propio partido, lo podemos ver en el enorme poder que desde hace 5 años obtiene quien sea que es investido como Jefe de la Oficina de Presidencia en Los Pinos: a través de imposiciones y redes clientelares es que el calderonismo ha logrado disciplinar a la mayoría de los miembros de su partido. Tener al calderonismo del lado correcto es elemental, y Josefina le ha caído en gracia,  por lo cual está en una posición cómoda, aún sin ser la primera preferencia del primer mandatario. Romper con el discurso oficial significaría romper también con un apoyo fundamental.
Pero más alarmante me parece que la gente se incline por Josefina creyendo que con ella habrá un supuesto viraje en el gobierno. Se puede esperar que, una vez electa, "tome su propio rumbo"; pero seamos sinceros, a la ex secretaria se le ve con ojos de esperanza por el simple hecho de ser mujer. Si algo nos demuestra la experiencia política es que uno no se dispara a su propio pie, un político sin sustento ni base pierde toda su fuerza. Si es que llegara a ganar la presidencia lo más probable es que seguiría con la misma línea conservadora con la que se ha guiado su partido en los últimos años -y, por tanto, con sus políticas intactas, como la estrategia en la guerra contra el crimen organizado. 
Lo que está ocurriendo es que se están generando espectativas, valores-agregados sin sustento alguno: fetiches, alrededor de una candidata que sólo necesita sonreir para esperanzar a un buen puñado de la sociedad. Josefina Vázquez Mota es una excelente candidata por el simple hecho de ser minoría, llámenle efecto Obama, pero no por ser mujer las cosas van a ser diferentes, recordemos a Margaret Thatcher, que vaya que fue una perra.
En fin, puede que los pronósticos estén mal, puede que el candidato sea Cordero o incluso Creel. Los dos escenarios son poco probables, por no decir poco deseables. Aunque queden dos meses y medio de precampaña, los dos panistas parecen tener poca madera de candidatos -en especial Cordero. El calderonismo tendrá que aprender que muchas veces las cosas no suceden por el simple hecho de desearlas, o terquearlas. 
Me parece que en 2012 habrá una elección conservadora en muchos sentidos, ya que decidiremos cuál de las tres sopas queremos -a mí me repugna la sopa -: votar por el viejo PRI, la vieja Izquierda de López Obrador, o la vieja derecha calderonista. Falta mucho para ver nuevos fenómenos en el espacio público, y sin duda una mujer candidata no es uno de ellos. Las viejas estructuras de poder, las mismas máscaras de siempre, quedan intactas.

martes, 29 de noviembre de 2011

¿Por qué miente la Secretaría de Marina?

por Pedro Salmerón*

Más de tres días después de buscar crónicas, noticias o informes de los sucesos de que fui testigo el viernes en la noche en Matamoros, Tamaulipas, finalmente los encuentro por todos lados en la mañana de hoy. Muy bien: ahora me entero de que fue detenido el hijo de un peligroso capo y otros cuatro criminales. Si así fuera, a secas, no quedaría sino aplaudir: me consta que los hombres del Ejército y de la Marina –la mayoría de ellos- se entregan con patriotismo y dedicación a un trabajo sumamente peligroso y, sin duda, necesario. Sin embargo, la noticia está plagada de mentiras, algunas de ellas innecesarias, de modo que tengo que preguntarme ¿por qué miente la Armada de México?

Las noticias aseguran que los marinos llegaron al inmueble –el hotel Residencial, a unos pasos del puente Internacional- atendiendo a una denuncia anónima, según la cual estaban presentes en una fiesta varios miembros del Cartel del Golfo. Al llegar los marinos al lugar, detuvieron a tres vehículos en que huían los cinco criminales –ya no digo “presuntos”, porque hace tiempo que en este país se nos olvidó la presunción de inocencia-, que fueron detenidos en posesión de varias armas de fuego.

Pues, con perdón, eso no es exacto, o al menos, es sesgado e incompleto: me consta que marinos y policías realizaron un operativo que duró tres horas en el interior del hotel –donde, por cierto, se hospedaban numerosos oficiales de la PFP-. No sé qué ocurrió adentro, pero me consta también que no fueron cinco detenidos sino, por lo que alcancé a ver, una veintena ¿Quiénes son? No sé, no los conozco, nunca los había visto ni creo verlos nunca, ni a sus esposas e hijos, a los que vi llorar, aterrorizados, cuando salieron en estampida del hotel tras la retirada de los marinos, pero, repito, no eran cinco los arrestados sino mucha más. A juzgar por lo que vimos, todos los varones asistentes a la fiesta en cuestión –un bautizo.

Por lo que he visto a lo largo de tres días, a nadie, salvo a mí, le importa el hecho. Salvo a mí y a las familias, pero esas no denunciarán: ayer mismo vimos lo que ocurre con quienes denuncian hasta las últimas consecuencias, como don Nepomuceno, asesinado a mansalva. ¿Por qué nos va a importar la detención de una veintena de individuos, el llanto, el terror de sus hijos, si uno, dos días antes fueron tirados –literalmente- más de veinte cadáveres en Guadalajara, otros tantos en Sinaloa?

¿Donde están los otros detenidos? ¿Ya los soltaron con el consabido “usted disculpe”? Si ya pasaron tres días, ¿por qué no los presentan? Si se trata de criminales –como los cinco presentados- ¿por qué no los muestran como un triunfo, que todos aplaudiríamos?

¿Por qué miente la Armada de México?, ¿qué necesidad tiene de hacerlo? Espero que los otros detenidos sean liberados, si así corresponde; o sean presentados ante las autoridades correspondientes y se les aplique todo el peso de la ley, como a los cinco presentados, pero ¿donde están? ¿Será que fui testigo de una desaparición masiva? ¿Será por eso que miente la Secretaría de Marina –no los marinos de a pie que realizaron el operativo-?

¿Por qué soy el único al que le interesa, al parecer? Mentí en anteriores comunicados, sin querer. Mentí cuando dije que no tuve miedo ese día. Sí lo tengo: mañana te puede tocar a tí o a mí. Mañana los que pueden llorar, aterrorizados, pueden ser mis hijos. Toco madera.


*Doctor en Historia por la UNAM. Actualmente da clases en el ITAM.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Dibujos rápidos de un fin de semana relativamente despejado



Recientemente decidí que quería empezar a desarrollar mis habilidades de dibujo más allá de las caricaturas. He estado improvisando unos bocetos aquí y allá, buscando imágenes en internet o mi imaginación, y he llegado a una sencilla conclusión: me falta mucho para hacer un dibujo decente. Disfruto de hacer garabatos y me gusta ver el papel absorber la tinta de la pluma, pero fuera de eso mis dibujos siguen siendo, de cierto modo, caricaturas.
Otra cosa es obvia: sólo sé dibujar figuras masculinas. Y no sé si mi limitación es personal o cultural, pero pareciera que la razón yace en la manera en la que vemos (o veo) a las mujeres. La tinta marca el comienzo y el final de un espacio, es categórica, son claroscuros donde no existe la textura a terciopelo. Es como querer dibujar un durazno con un gis.
Dibujar a una mujer requiere más delicadeza: se necesitan evitar los grumos y los rayones accidentales. Un error en el dibujo se convierte automáticamente en uno garrafal.

Un día de estos me compro acuarelas.

jueves, 10 de noviembre de 2011

El político

Un hombre panzón afuera de una iglesia o en una fiesta con mariachis, vestido de mezclilla y camisa hablando con otros semejantes – con una panza de igual o mayor magnitud – preguntando: “¿Cómo va el proyecto?”. Esa es la imagen del político parroquial trabajando, la del político barroco que se autodefine como “hombre de partido”. El político moderno, por otro lado, es aquel que no le habla de cara a la gente, sino a un micrófono o a una cámara de video, se esconde detrás de cifras y números aparentemente estériles pero que justifican su actuar. Al contrario del político parroquial, viste un traje sastre en el que intenta esconder la panza que tan ávidamente presume el otro. El primero procura dar la idea de ser similar a los otros, de querer lo mismo; el segundo procura demostrar que es mejor que los otros, de saber cosas que los demás no conocen, y que incluso, de conocerlas, no las entenderían. Ambas figuras comparten el espacio de la política nacional desde hace décadas: los primeros fueron herederos naturales del caciquismo de la Revolución, los segundos fueron producto de la creciente burocracia en las épocas del priismo. Pero ambos, en su propio ámbito privado, tienen más en común de lo que ellos creen. Ya sea en una fiesta con mariachis o detrás de un escritorio, la grilla se manifiesta en fenómenos distintos pero termina siendo esencialmente la misma. Al fin de cuentas, ambos son políticos.
La actividad del político – cualquier clase de político – es similar a la de muchas personas en sus tiempos de ocio. Hablar y decidir, son cosas que hacemos diario, pero por la que no nos pagan; por el contrario, al hombre político se le paga por hablar lo que queremos escuchar y decidir lo que se considere necesario. Dos son sus oficinas: el espacio público y el espacio de negociación. El público es en donde muestra sus máscaras, donde usa su ingenio para disparar a través de varios vectores de opinión con respuestas acertadas y elocuentes –o al menos así debería de ser. El espacio de negociación es en el que muestra su mezquindad, es el que todos sabemos que existe pero nadie quiere ver. Político de parroquia o político moderno, los dos tienen que hacer lo mismo.
El político es el hombre que no es él mismo. Es aquel que declinó su libertad a favor del prestigio social. Incluso el más corrupto de los políticos ha hecho esto: tuvo que pasar por una serie de moldes y formas para llegar a donde está, y, una vez ahí, cada una de sus metas futuras son impulsadas por el mismo combustible que impulsa a los demás políticos: el tener una riqueza determinada por la carencia del otro. Así es, la política se establece por la escasez de unos ante la opulencia de otros, en eso reside el poder.
La política está en todo espacio en donde hay una asimetría en la toma de decisiones. Coerción, cooptación, negociación, privación de la información, son muchas las herramientas que usa el político para mantener viva esta asimetría. Por eso es que la política es un bien tan preciado: es la privatización de las decisiones colectivas. A este respecto, uno no puede evitar ser normativo  – ¿Dónde está la democracia?, ¿Dónde está la participación? –, pero lo cierto es que la mayor parte de los pensadores han llegado a la sensata conclusión de que a esa realidad, a ese sencillo principio de asimetría, no se le puede corregir.
En Gorgias, el clásico diálogo de Platón, Sócrates se aventuró a aseverar que el político era –al contrario de lo que muchos contemporáneos suyos afirmaban – el hombre menos poderoso de todos. Al tener un oficio irremediablemente apegado a la vida pública, su compromiso se hallaba con la verdad y nada más con la verdad, el eje rector de su actuar. El poder del político es, por tanto, nulo. Me atrevería a afirmar que Sócrates tenía razón, en estos tiempos en los que la verdad y la necesidad se han vuelto dos caras de la misma moneda, la política se ha vuelto su sinónimo. La invasión a Irak por parte de Estados Unidos  por la presencia de peligrosas armas de combate, la actual guerra contra el crimen organizado, el irreparable crecimiento económico que merma el medio ambiente en todo el mundo… cada una de estas acciones – o inacciones – han sido tomadas por parte de políticos que aseguran la necesidad de medidas drásticas. El Estado de excepción se ha convertido en regla, y es el político el que resulta víctima del caudal de decisiones drásticas que le trae la providencia. ¿Poder?, ¿Cuál poder?
Político de parroquia o de escritorio, su tarea es persuadir. Persuadirte que es igual que tú o mejor que tú, en esencia no hay ninguna diferencia. El cambio y el progreso es su discurso perpetuo, ellos sólo ven hacia delante, los otros políticos han hecho cosas nocivas que ellos nunca estarían dispuestos a hacer. Nosotros miramos con ojos de escepticismo, y aun así votamos, porque sabemos que la política es la definición del mal necesario. Y sabemos que nuestra decisión simplemente se remite a elegir al menos malo, ya que, si no es él, puede llegar uno igual o más pendejo.
En fin, es el político el que busca la política, y no al revés, el premio no es tan preciado como se cree; la mayor parte de nosotros preferimos escapar de ella, y mientras más lo hagamos más se refuerza el político. Para pertenecer a ese oficio no hace tanta falta ser talentoso o guapo, más bien es necesario tener la firme convicción de querer intercambiar la libertad de opinión y de juicio propio por el privilegio de poder imponer tu "voluntad" ante los demás. Para muchos, el intercambio es poco costoso, para otros, el intercambio nos significa todo. El político no lo sabe, pero cuando es corrupto o simplemente un hijo de puta, lo está haciendo en favor del mismo paradigma que le impuso un sistema que lo moldeó con un cincel. Las máscaras que utiliza en la plaza pública han estado tanto tiempo puestas que su cara se ha asimilado a ellas. El rostro mezquino que muestra en el espacio de negociación se ha deformado tanto, con surcos y cicatrices, que prefiere usar la máscara de la plaza pública adentro de su propia casa. El político no lo sabe, pero es víctima de una maldición, del contrato más perverso de nuestra sociedad: en la vida pública es víctima de la necesidad, en la vida privada es víctima de sí mismo. Es el hombre que no es libre.